Raymundo Padilla, en busca de la raíz de los desastres

Raymundo Padilla

(Agencia Informativa Conacyt).- La experiencia del terremoto del 19 de septiembre de 1985 se convirtió, a la larga, en una motivación para que el ahora doctor Raymundo Padilla Lozoya decidiera dedicarse a la investigación académica sobre riesgos, aunque en el futuro se enfocó profesionalmente en la investigación de los desastres asociados a huracanes.

En ese tiempo, Raymundo Padilla tenía once años de edad y vivía en Tuxpan, Jalisco. Ante las versiones de que la vecina población de Ciudad Guzmán había sufrido grandes afectaciones, su padre y demás familia viajaron a ese lugar para observar lo ocurrido y entonces quedó impactado por los daños que percibió, en algunas manzanas era posible ver de un lado a otro de la cuadra porque colapsaron todas las viviendas.

En 1992, iba llegando al centro de Guadalajara, cuando escuchó las explosiones del 22 de abril, y el drama de esas víctimas fue muy conmovedor en su memoria; posteriormente, en octubre de 1995, cuando ya estudiaba la licenciatura en periodismo en la Universidad de Colima (Ucol), atestiguó el movimiento del intenso sismo y un día después fue a observar los restos del colapsado hotel Costa Real de Manzanillo, en el que hubo más de 30 muertos; y en 2003, mientras cursaba la maestría en historia en la misma institución, presenció los graves daños ocurridos durante el sismo del 21 de enero en la ciudad de Colima.

Como investigador, en 2011, el huracán Jova en Colima le mostró las vulnerabilidades locales en el espacio urbano y el huracán Patricia en 2015 le permitió analizar los impactos en espacios rurales costeros.

Al estudiar la maestría, su profesor, el doctor e historiador José Miguel Romero de Solís, le recomendó analizar un desastre como parte de su tesis, donde podría vincular el periodismo y la historia, lo que dio como resultado su investigación sobre los impactos sociales del huracán del 27 de octubre de 1959, que azotó las costas colimenses con graves perjuicios en todo el estado, pero principalmente en Minatitlán, causando la muerte de uno de cada tres de los habitantes de ese pueblo.

Su interés por prevenir desastres le impulsó a trabajar en los años 2006 y 2007 en la creación de la licenciatura en ciencia ambiental y gestión de riesgos de la Universidad de Colima, la primera en su tipo en todo México. También en 2008 participó en la construcción de la línea de asignaturas optativas de periodismo de riesgos de la licenciatura en periodismo. Y en 2009 ingresó al doctorado en antropología en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de la Ciudad de México. Obtuvo mención honorífica en 2014, por la tesis titulada Estrategias adaptativas ante los riesgos por huracanes en Cuyutlán, Colima y San José del Cabo, Baja California Sur, dirigida por la doctora Virginia García Acosta.

Actualmente es miembro nivel I del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y expone que las experiencias vividas en materia de desastres lo hicieron darse cuenta de que estos fenómenos sociales son clave para entender el desarrollo de las distintas sociedades. “Aunque una población pueda tener un desarrollo sostenido durante un periodo, si se llega a presentar un impacto severo de una amenaza natural y se detona lo que llamamos un desastre, eso genera un retroceso para esa sociedad”.

A Raymundo Padilla le preocupa también que sigan muriendo tantas personas en desastres, principalmente por factores sociales que pueden ser modificados, como mejorar la comunicación de las amenazas, generar mejores condiciones de vida, construir viviendas más adecuadas para resistir impactos y evitar el asentamiento de población en zonas consideradas inadecuadas o de riesgo.

El estudio de los desastres, añade, “me ha encantado porque me da la oportunidad de ver cuál es la raíz del problema que nosotros caracterizamos como un desastre; me ha permitido también darme cuenta que los desastres no son naturales y que no surgen en el momento en que se presenta el fenómeno natural, sino que tienen raíces muy profundas en el pasado, que se pueden rastrear en la memoria histórica, hasta el siglo XVI, para explicar por qué se construyó una ciudad en un lugar inadecuado y por qué no se ha hecho lo necesario para reducir los riesgos, que mal manejados se convierten en desastres”.

En 2005, publicó el documental Ceniza de mi pueblo, basado en su tesis sobre el huracán de 1959, que lo dejó satisfecho porque le permitió darse cuenta de la memoria individual y colectiva del desastre y cómo 47 años después seguían las personas exponiendo su testimonio con tal fuerza y vivencia como si hubiera ocurrido unas semanas atrás. Esto sucede porque la memoria histórica perdura más que la evidencia física del evento.

“Entonces los desastres muestran que no solo afectan el patrimonio físico y arquitectónico, sino que también influyen muchísimo en la mentalidad de las sociedades y afectan en las emociones de los grupos sociales por muchos años, por décadas incluso, y afectan generaciones también; los hijos también padecen lo que los padres sufren en una situación de desastre”.

El investigador señala que los desastres le han permitido también conocer lo mejor y lo peor de la sociedad. Por un lado, el fortalecimiento de los lazos sociales que se denomina capital social o resiliencia, el apoyo mutuo y la solidaridad, pero también la otra parte, la rapiña y otras cosas más perversas como la construcción de viviendas en zonas inadecuadas y el desvío multimillonario de recursos que debieran ser usados para la construcción de viviendas de los más necesitados y vulnerables, pero que se desvían hacia otros fines.

“Los desastres siempre develan lo mejor y lo peor de las sociedades, además de que hacen evidente lo que es más importante para el Estado. Cuando una autoridad realmente se preocupa por evitar los desastres en la ciudadanía, realiza acciones preventivas para reducir las vulnerabilidades, pero cuando no se hace eso, significa que le importa poco la sociedad”.